lunes, 20 de febrero de 2012

El monstruo.


De niña siempre quise conocer ese monstruo, verle la cara, oír su voz. A veces me quedaba despierta esperando solo que aparezca, que venga y al pie de la cama me diga: “Esta noche te llevaré lejos, donde no nos encuentren ni nuestras propias sombras”.

El monstruo nunca apareció y dejé de creer en ello. Dejé de creer tanto en ello que cuando tuve la oportunidad de cambiar mi cama, simplemente no dejé espacio entre ella y el suelo. Si no iba a llegar, no había necesidad.

Con el tiempo, con los años, la vida, los tropiezos y mi masoquismo, comprendí que el monstruo nunca llegó en otro cuerpo que no era el mío.

El monstruo no vive debajo de la cama, el monstruo siempre duerme encima de ella.

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