sábado, 22 de septiembre de 2012

Te escribo, ¿Dónde estás? (Completo)


PARTE I

"Te inventaste, me inventaste. Nos creamos juntos, 
ahí donde el alarido del silencio tomó forma 
y se convirtió en la única melodía que me atravesó el alma,
la falta de cordura y la distancia corta de esa misma ciudad.
Y cambiaste, me cambiaste. Nos transformamos juntos,
ahí donde el sentir de un impulso nos invadió de quereres,
de deseos, de placeres.
Y tocaste, me tocaste. Nos palpamos juntos,
ahí donde no hubo más miedo que el caer
 en la vaga tentación de la falta de hacernos,
 de deshacernos".

Esas palabras seguían retumbando en mi cabeza, aun cuando fueron semanas las que habían pasado desde que encontré aquella nota sobre la almohada. ¿Qué puede hacer el tiempo en este caso? Traernos resignación, un poco de calma, y quizá, solo quizá un olvido temporal.
Bien podría haberme adaptado y enamorado de sus siete personalidades, sin el más mínimo pudor y reserva. Con sus flaquezas y sus debilidades, con su no tan sencillo diario vivir, pero con su encantador sentido del humor, no fue difícil caer en la tentación de amar hasta el último rincón de su vida.
Nos encantaba saltar con los recuerdos y planear las mil y una maneras para encontrarnos sin que los demás lo advirtieran, pero cuando se está feliz y se planean las cosas, estas en realidad no tienen importancia, solo importa el presente, ese momento de “te quiero, aquí, ahora, para siempre y sin más” que parece que nunca terminará.
Solía recostarme en el y jugar con los bozos de su pecho. No había mayor paraíso que ese instante. Cuántas veces escuché latir su corazón y me sentí infinitamente correspondida, sin dudas y con la plena libertad de solo dejarme llevar.
¿Les ha pasado que creen que nada podrá salir mal y de repente se encuentran ahí, con una nota final en la que ni siquiera un adiós hay? Claro, si se supone que para eso estamos, para ilusionarnos y vivir. En ese orden.
A su lado lo común se volvió extraordinario y yo simplemente amaba la sensación de sentir que me iba quedando en ese lugar donde al parecer también querían que me quedara. Una cosa nos llevó a la otra y así, a las otras cien. Sabía de su inconstancia y de todos sus fracasos, sin embargo, ahí estaba yo, una mujer ilusionada que empezaba a admirar las cosas que antes le parecían pequeñas. Ya no eran cursilerías y sus defectos eran perfectamente acomodables con los míos. Todo parecía hecho a mi medida, incluso hasta sus camisas por más grandes que me quedaran.
Entonces viene un “de repente” que lo cambia todo y eres otra vez tu, con una nota que no tiene más que un montón de palabras que aunque bonitas y todo, son finales y cuando una se da cuenta que hay un final en medio de un cuento que parecía infinito y nada más, algo se rompe, tal vez el corazón, tal vez la cabeza. Aún no logró descifrar.
¿De dónde viene todo esto? Es decir, estoy consciente de que todos tenemos un pasado y posiblemente una serie de historias inconclusas que pueden frenar hasta los cuentos más bonitos y las probabilidades de ser feliz; pero si es el caso, repruebo y con todos los - A posibles, su falta de valentía y sus pocas expectativas sobre todo lo que cree merecer.
¿O tal vez fui yo? ¿De cuál de todas las que soy se habrá desilusionado? A ver chicas, hagamos un repaso. De ninguna, ¿cierto? Y ¡cómo!, si estábamos diseñadas para el, para todos sus “yo” y para sus “quiero ser”. Y ¿entonces?
Aún sigo aquí, esperando que esta idea tan completa que tenía sobre nosotros no se desvanezca con los días. El tiempo puede ser un cómplice pero también puede ser el rotundo quiebre de los cuentos que parecen no tener final.

PARTE II
ELLA:
Recorrí por la mente cada una de sus palabras, incluso hasta las inadvertidas y entonces recordé la dirección del abuelo. ¿Dónde más podría estar? y apunté:
Querido Martín -y me permito omitir todos los nombres que te inventé por respeto a mi memoria-, ni siquiera puedes hacerte una idea del número de veces que he estado mirando por la ventana para verte llegar y no lo haces. ¿Explicaciones? No las quiero. No me gustan las explicaciones más que los actos propios y de ti, espero justamente eso, un acto. No has venido a buscarme y yo preciso escribir cada instante en el que me cercioro que de verdad no estás. No entiendo que está pasando por tu cabeza, tengo la ligera impresión de que también la perdiste. No me resigno a dejarme vencer por tus fantasmas, ni siquiera por tu pasado, ni siquiera por la sobriedad de tu alma en medio de mis noches gitanas. 
Persisto porque lo presiento -y contigo mi sexto sentido es realmente certero-, que no eres tu el que está allá, sino el que se quedó aquí, conmigo. Sin embargo tu cuerpo y alguno de los tuyos, de cierta forma se niega a ser querido bien y bonito, como me gusta querer, pero ¿crees que te dejaré ir así nada más? Conoces mi terquedad mejor que nadie y si tengo que escribir mil veces para ti, lo haré. Ni siquiera te pido, -porque no se pide lo que es nuestro- sino que te reclamo desde ya, con tus dudas, con tus conflictos y con tu futuro incierto, que regreses para mí, para mis manos y para mi vida que es más vida desde ti.  
¿Qué esperas? 
Ese equipaje no se hará solo. Está bien. ¿Qué te parece si lo hacemos juntos? Como en nuestro primer viaje, ¿lo recuerdas? Aún siento el calor de esa pequeña cabaña sin luz y en medio de la nada que construimos juntos y es que todo lo que venía de ti tenía y tiene la sublime bondad de ser exactamente lo que necesito. En fin, empecemos por tus sacos, siguen tus pantalones y demás, un par de esos está bien y los viejos zapatos que nunca dejarás, lo sé, lo sé. ¿La pluma del abuelo? Lo siento, esa la olvidaste junto al primer libro que me regalaste. Me encantaría asumir que no es casualidad. De hecho, desde que somos tú y yo, ya nada es casualidad. ¿Qué sigue? Ah, si, procura guardar una chaqueta por si hace frío y empaca tan solo lo superfluo que lo esencial lo tengo yo aquí desde que te conocí. Entonces, ¿vienes?

EL:
Ahí estaba ella, la mujer ilusionada a la que yo admiraba, esa que parecía y lo admito, sigue siendo como diseñada a la medida de mis siete personalidades. Nunca le dije con todas las letras cuanto la quise, pero cada uno de mis sentidos lo sabe. Fue respuesta, fue camino, fue el encontrar que no buscaba y, ¿entonces? Será acaso que cuando la felicidad se ve tan de cerca inconscientemente también asusta y se convierte en nuestro principal verdugo.
Pasaron seis meses y aún no lograba olvidarla. No dejé mi dirección y tampoco un teléfono. ¿Para qué? El punto era dejarla atrás. La consideraba mi principal rival y ella a mí, en este momento seguramente me considerará su principal inquisidor. Sin embargo, no deja de impresionarme como sus recuerdos se apoderan de mi cabeza y hacen y deshacen con mis emociones. Sin tenerla, la siento y esos ojos, ese modo tan suyo de acariciar mi mundo, esa particular forma de hablar y hasta de callar. ¿Cómo? ¿Cómo dejarla ir cuando yo aún advierto quedarme entre sus brazos y el abrigo exacto de su piel?
Bendita cualidad la suya de amar y de enseñarme a amar. No me arrepiento de ninguno de los segundos vividos. Me encantaba la sensación que provocaba en mí el solo hecho de saberla mía, compartíamos todo, hasta aquellos momentos en que no estábamos juntos. Sus lecciones sobre como preparar chocolate y la dulzura de su voz cuando decía “aquí estoy, contigo, para ti, para mí, para los dos”. Vaya pecado que la vida hizo con ella, fue mi tentación, caí y sin ninguna clase de límite, me dejé ir. Ahora estoy aquí, con el vacío más grande que puede dejar la soledad que uno con propia voluntad, escoge.
Al final hasta las historias de amor más lindas, terminan. Es extraño como escribo “historia de amor” y mis dedos se retuercen como procurando evitar cada letra. No fui el mejor, lo reconozco, pero se suponía que para los “no mejores” también hay un pequeño esbozo de ilusión, algo de fe.
No la busqué, me había cansado ya de buscar. A mis treinta y tantos años, solo me quedaban un viejo par de zapatos y la pluma del abuelo. Los días solo eran fechas más del calendario, sin importancia, sin razón. Entonces llega un frío jueves de noviembre que te cambia la vida, lo evoco tan claro. Ella y el largo impermeable que cubría su delgada figura. La mejor versión de hombre que pude ser, fue junto a su perfecta humanidad. Hoy me queda el recuerdo de esos cortos tres meses que vivimos juntos. Cualquiera diría que tres meses no son nada,  pero en mi caso lo fueron todo y más y así la quise desde antes de conocerla y luego sin mayor contemplación. Y ahora su carta.... 

PARTE III

Lo había olvidado todo, incluso su teléfono. No parecía importante ya. Es extraño cómo los sentimientos van perdiendo las atenciones y dejan de ser el “todo de” para convertirse en la parte de algo. Ya ni siquiera estaban escondidos, no se esconde lo que ya no existe, ni los rezagos, ni los dolores de cabeza y mucho menos esas resacas venidas del corazón. Varias veces las sentí, puedo afirmarlo con certeza, las peores resacas del mundo son aquellas que vienen luego de habernos embriagado de amor, de la pasión exacta que cubre cada una de nuestras expectativas, de la piel del alma.

No fueron días los que esperé. El tiempo cuando se espanta del reloj que lo mueve deja de marcarse en minutos, horas o días y solo marca con heridas, con la poca sutileza del dolor que nos dejan quienes dicen haberte encontrado para luego, así de la nada, soltarte cuando tu aún quieres permanecer ahí, colgando en sus dedos.

Pasaron exactamente ocho estaciones, cientos de aviones, dos gatos y varios vecinos. Y de repente, otra vez ese “de repente” que nos altera la vida.

Catalina, nina, aún rima tu nombre en el viento y en mis labios...




Ese espacio vacío son todas las letras que quise escribir y que nunca plasmé en ningún papel. Ahora no sé que decir. O tal vez si, lo sé muy bien, contigo es imposible no decir. Vine a la ciudad, no espero nada más que un par de horas de tu tiempo y verte. Estaré el martes en el café, a la hora de siempre”. Martín.


En el café, a la hora de siempre, cómo si el supiese lo qué es un "siempre".

Intento y ya no puedo ni siquiera pronunciarte. Te tomaste tu tiempo. ¿Dime, en cuánto lo mediste? Bien. Yo te hablaré de mi medida. No fueron días, tampoco meses, ni siquiera años. Fueron lágrimas, cajas de cigarros completas y un par de amantes. Ahora, te pregunto otra vez, ¿cuál fue la medida exacta de tu tiempo para volver? Es difícil, ¿cierto? Pero estarás bien. No te culpo. Cada quien es a la medida de sus posibilidades, de las opciones que le dio la vida, de las elecciones que hizo. Cada quien responde de acuerdo a sus enseñanzas. Están quienes aprendieron a amar bien y los que aprendieron a hacer del conformismo el mejor de sus aliados, a andar sin esperar ni luchar. En su momento, recogí tus palabras y las asumí. Ahora es tu turno.

Fui lo suficientemente inteligente para saber cómo terminaría todo y lo suficientemente tonta para seguir ahí a pesar de todo. Inteligente y tonta, en ese orden.

Alguna vez un hombre al que le tengo un respeto particular me dijo: “Si una mujer es bella, es dolorosa, si es dolorosa, es cabrona y si es cabrona, es porque un hijo de puta la hizo así”. Sin embargo, yo puedo decir, gracias querido Martín porque ni siquiera tu labor de ser un gran hijo de puta te salió bien. Me sé bella, pero aún no soy lo suficientemente dolorosa como para ser una cabrona y por eso, aquí en esta pequeña complicidad que aún se cree amiga de los dos, con el corazón firme y apelando a la poca cordura que te queda, te pido: No vuelvas”. Catalina.

Fue el mejor error que cometí, el que hace no más de pocos meses hubiese seguido cometiendo una y otra vez, el error que mejor me ha besado en la vida, pero un error al fin. No volví porque generalmente no se vuelve con la persona, se vuelve con el recuerdo y entonces esas segundas oportunidades suelen convertirse en segundas equivocaciones. No me arrepiento de cada palabra dicha ni de cada acción realizada. No me negué al amor el día que le envíe la carta al café, porque el amor, el buen amor, el que yo conozco siempre ha estado aquí, conmigo, constante y sin más vicios que el de hacerme feliz día a día, se llama “amor propio”.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Aullido




Los lobos son animales que siempre me han parecido fascinantes. Elegantes, temibles, sensuales, tiernos. Siempre han estado presentes en mi vida, de una u otra manera, simbólicamente, por culpa de la Biblia, Jack London y Herman Hesse. Lo que siempre admiraré es su aullido. Escucharlo pone la carne de gallina, hasta al más frío de los mortales. Por algo el lobo es protagonista de cuentos infantiles, leyendas medievales y filmes de horror de la Hammer Film Productions. El lobo... Pero hoy únicamente tomaré de él su aullido.

Hay luna llena por segunda vez en el mes, y quiso la suerte (¿o desdicha?), que me cruce nuevamente con uno de mis gurús, Allen Ginsberg, y su magistral Howl (Aullido), por lo que en homenaje a él, a los lobos y a la luna, creo conveniente que los tres confluyan en este post.

Who the Hell is Ginsberg?

A poet?

Sí, pero no simplemente un poeta. Si eres hippie, él es tu padre espiritual. Si eres seguidor del New Age, él es tu abuelo. Si eres "hipster" (I hate them), Ginsberg es.... bueno, lo que sea. En la década de los 50, en medio del furor jazzero, del cool, del bebop, entre New York y San Francisco, de la East Coast a la West Coast, Ginsberg se dedicó a aullar. No a la luna. Aulló a "eso" que tenemos todos adentro. También aulló a la mísera cotidianeidad. A la sombría realidad que nos envuelve. Su momento histórico fue el inicio de la posguerra. Su alter ego se llamó Jack Kerouac. Su dolor de cabeza era un aniñado drogadicto, William Burroughs. A esa generación la etiquetaron como "Beat", y se convirtió en el fenómeno literario más importante de Norteamérica en el S. XX. Entre la búsqueda espiritual y la más pura decadencia de una generación sin identidad, esta gente parió la contracultura de la que ya somos, sin duda, herederos.

Pero basta de hablar. Mejor dejemos que el Maestro nos estremezca con su aullido... 


Aullido por Carl Solomon (fragmento)

He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz.

Quienes expusieron sus cerebros al Cielo, bajo Él y vieron ángeles mahometanos tambaleándose en los techos de apartamentos iluminados.

Quienes pasaron por las universidades con ojos radiantes y frescos alucinando con Arkansas y la tragedia luminosa de Blake entre los estudiantes de la guerra.

Quienes fueron expulsados de las academias por locos por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo.

Quienes se encogieron sin afeitar y en ropa interior, quemando su dinero en papeleras y escuchando el Terror a través de las paredes.

Quienes se jodieron sus pelos púbicos al volver de Laredo con un cinturón de marihuana para New York.

Quienes comieron fuego en hoteles coloreados o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o purgaron sus torsos noche tras noche con sueños, con drogas, con pesadillas despiertas, alcohol y verga y bolas infinitas, ceguera incomparable; calles de nubes vibrantes y relámpagos en la mente saltando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todas las palabras inmóviles del Tiempo, sólidos peyotes de los vestíbulos, amaneceres en el cementerio del árbol verde, ebriedad del vino en los tejados, puestos municipales el neon estridente luces del tráfico parpadeantes, vibraciones del sol, la luna y los árboles en los bulliciosos crepúsculos de invierno de Brooklyn, estrepitosos tarros de basura y una regia clase de iluminación de la mente.

Quienes se encadenaron a sí mismos a los subterráneos para el viaje infinito desde Battery al santo Bronx en benzedrina hasta que el ruido de las ruedas y niños empujándolos hacia salidas exploradas estremecidas y desiertos golpeados de cerebros absolutamente secos de esplendor en la melancólica luz del Zoo.

Quienes se hundieron toda la noche en la luz submarina de Bickford’s emergidos y sentados junto a la añeja cerveza después del mediodía en el desolado Fugazzi’s, escuchando el crujido del destino en la caja de música de hidrógeno.

Quienes hablaron setenta horas seguidas desde el parque a la barra a Bellevue al museo al Puente de Brooklyn, batallón perdido de conversadores platónicos bajando de espaldas las escaleras de escape de los alfeizares del Empire State lejos de la luna, gritando incoherencias, vomitando susurrando hechos y recuerdos y anécdotas y patadas en la bola del ojo y traumas de hospitales y cárceles y guerras, intelectos enteros disgregados en amnesia por siete días y noches con ojos brillantes, carne para la Sinagoga arrojada al pavimento.

Quienes se desvanecieron en ninguna parte de Zen New Jersey dejando un reguero de ambiguas postales ilustradas de Atlantic City Hall, sufriendo sudores orientales y artritis Tangerianas y jaquecas de China bajo la basura en las salas sin muebles de Newark.

Quienes dieron vueltas y vueltas en la medianoche por el patio de trenes preguntándose adónde ir, y fueron, sin dejar corazones rotos.

Quienes prendieron cigarrillos en vagones traqueteando por la nieve hacia granjas solitarias en la noche del abuelo.

Quienes estudiaron a Plotino, Poe, San Juan de La Cruz, telepatía y cábala debido a que el cosmos instintivamente vibraba en sus pies en Kansas. Quienes solos por las calles de Idaho buscaban ángeles indios visionarios que fueran ángeles indios visionarios.

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Y sí, no se trata de lobos ni de la luna, sino de Ginsberg y yo.