sábado, 1 de septiembre de 2012

Aullido




Los lobos son animales que siempre me han parecido fascinantes. Elegantes, temibles, sensuales, tiernos. Siempre han estado presentes en mi vida, de una u otra manera, simbólicamente, por culpa de la Biblia, Jack London y Herman Hesse. Lo que siempre admiraré es su aullido. Escucharlo pone la carne de gallina, hasta al más frío de los mortales. Por algo el lobo es protagonista de cuentos infantiles, leyendas medievales y filmes de horror de la Hammer Film Productions. El lobo... Pero hoy únicamente tomaré de él su aullido.

Hay luna llena por segunda vez en el mes, y quiso la suerte (¿o desdicha?), que me cruce nuevamente con uno de mis gurús, Allen Ginsberg, y su magistral Howl (Aullido), por lo que en homenaje a él, a los lobos y a la luna, creo conveniente que los tres confluyan en este post.

Who the Hell is Ginsberg?

A poet?

Sí, pero no simplemente un poeta. Si eres hippie, él es tu padre espiritual. Si eres seguidor del New Age, él es tu abuelo. Si eres "hipster" (I hate them), Ginsberg es.... bueno, lo que sea. En la década de los 50, en medio del furor jazzero, del cool, del bebop, entre New York y San Francisco, de la East Coast a la West Coast, Ginsberg se dedicó a aullar. No a la luna. Aulló a "eso" que tenemos todos adentro. También aulló a la mísera cotidianeidad. A la sombría realidad que nos envuelve. Su momento histórico fue el inicio de la posguerra. Su alter ego se llamó Jack Kerouac. Su dolor de cabeza era un aniñado drogadicto, William Burroughs. A esa generación la etiquetaron como "Beat", y se convirtió en el fenómeno literario más importante de Norteamérica en el S. XX. Entre la búsqueda espiritual y la más pura decadencia de una generación sin identidad, esta gente parió la contracultura de la que ya somos, sin duda, herederos.

Pero basta de hablar. Mejor dejemos que el Maestro nos estremezca con su aullido... 


Aullido por Carl Solomon (fragmento)

He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz.

Quienes expusieron sus cerebros al Cielo, bajo Él y vieron ángeles mahometanos tambaleándose en los techos de apartamentos iluminados.

Quienes pasaron por las universidades con ojos radiantes y frescos alucinando con Arkansas y la tragedia luminosa de Blake entre los estudiantes de la guerra.

Quienes fueron expulsados de las academias por locos por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo.

Quienes se encogieron sin afeitar y en ropa interior, quemando su dinero en papeleras y escuchando el Terror a través de las paredes.

Quienes se jodieron sus pelos púbicos al volver de Laredo con un cinturón de marihuana para New York.

Quienes comieron fuego en hoteles coloreados o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o purgaron sus torsos noche tras noche con sueños, con drogas, con pesadillas despiertas, alcohol y verga y bolas infinitas, ceguera incomparable; calles de nubes vibrantes y relámpagos en la mente saltando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todas las palabras inmóviles del Tiempo, sólidos peyotes de los vestíbulos, amaneceres en el cementerio del árbol verde, ebriedad del vino en los tejados, puestos municipales el neon estridente luces del tráfico parpadeantes, vibraciones del sol, la luna y los árboles en los bulliciosos crepúsculos de invierno de Brooklyn, estrepitosos tarros de basura y una regia clase de iluminación de la mente.

Quienes se encadenaron a sí mismos a los subterráneos para el viaje infinito desde Battery al santo Bronx en benzedrina hasta que el ruido de las ruedas y niños empujándolos hacia salidas exploradas estremecidas y desiertos golpeados de cerebros absolutamente secos de esplendor en la melancólica luz del Zoo.

Quienes se hundieron toda la noche en la luz submarina de Bickford’s emergidos y sentados junto a la añeja cerveza después del mediodía en el desolado Fugazzi’s, escuchando el crujido del destino en la caja de música de hidrógeno.

Quienes hablaron setenta horas seguidas desde el parque a la barra a Bellevue al museo al Puente de Brooklyn, batallón perdido de conversadores platónicos bajando de espaldas las escaleras de escape de los alfeizares del Empire State lejos de la luna, gritando incoherencias, vomitando susurrando hechos y recuerdos y anécdotas y patadas en la bola del ojo y traumas de hospitales y cárceles y guerras, intelectos enteros disgregados en amnesia por siete días y noches con ojos brillantes, carne para la Sinagoga arrojada al pavimento.

Quienes se desvanecieron en ninguna parte de Zen New Jersey dejando un reguero de ambiguas postales ilustradas de Atlantic City Hall, sufriendo sudores orientales y artritis Tangerianas y jaquecas de China bajo la basura en las salas sin muebles de Newark.

Quienes dieron vueltas y vueltas en la medianoche por el patio de trenes preguntándose adónde ir, y fueron, sin dejar corazones rotos.

Quienes prendieron cigarrillos en vagones traqueteando por la nieve hacia granjas solitarias en la noche del abuelo.

Quienes estudiaron a Plotino, Poe, San Juan de La Cruz, telepatía y cábala debido a que el cosmos instintivamente vibraba en sus pies en Kansas. Quienes solos por las calles de Idaho buscaban ángeles indios visionarios que fueran ángeles indios visionarios.

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Y sí, no se trata de lobos ni de la luna, sino de Ginsberg y yo.

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